Por: Juan Manuel Larrieu
Hay experiencias que no se eligen del todo. Se aceptan.
KIYRO propone justamente eso: entregarse.
Fui invitado por Kiichi y Romina a vivir su versión del omakase —esa tradición japonesa donde el comensal se pone en manos del cocinero— y entendí rápidamente que la clave no está solo en lo que se come, sino en cómo se vive.
La noche arranca incluso antes del primer plato. KIYRO funciona en su propia casa, y eso cambia todo. Apenas llegás, te invitan a dejar el calzado y ponerte unas pantuflas. El cuerpo se relaja, baja un cambio. Ya no estás en modo restaurante. Estás en otra cosa.
La hospitalidad aparece desde ahí y no se va más. Está en cada gesto, en cada detalle, en esa forma tan particular de anticiparse sin invadir.

Pocos comensales, cocina a la vista y Kiichi trabajando frente a todos. Cada movimiento es parte del relato. Pero no solo visual: mientras cocina y mientras sirven, tanto él como Romina van explicando. Hablan de los productos, de las técnicas, pero también de las costumbres japonesas, de los códigos, de la manera de comer. Hay una intención clara de transmitir.
El recorrido —que no es fijo, porque el omakase cambia según el producto y el momento— en esta ocasión tuvo una lógica muy clara.
El primer paso, un pepino encurtido (sunomono), fue un golpe de frescura. Corte fino, textura crocante, acidez delicada. Despierta el paladar y marca el tono.
Los edamame, tibios y en su punto justo, suman ese costado más relajado. Se comen con las manos, invitan a soltar.
Después, el tofu frito cambia la textura: crocante por fuera, suave por dentro, con un contraste muy logrado.

El salmón macerado en salsa saikyō aparece como uno de los puntos altos. Profundo, equilibrado, con ese umami que envuelve sin saturar.

La secuencia de sushi termina de ordenar la experiencia. El arroz en su punto exacto, el pescado trabajado con precisión, cada pieza pensada para comerse de un bocado.
El cierre, con dorayaki y genmaicha, baja la intensidad con elegancia. Dulzor medido, notas tostadas, final coherente.

Pero hay algo más que hace distinta a esta experiencia.
La mesa es compartida. Y eso, lejos de incomodar, potencia todo. A diferencia de un restaurante tradicional, acá terminás interactuando con otros comensales. Se generan charlas, comentarios, miradas cómplices en cada plato. La experiencia deja de ser individual y pasa a ser colectiva.
Se comparte la comida, pero también el momento.

Y en ese ida y vuelta, en esa cercanía, KIYROgana otra dimensión.
Es Kiichi cocinando frente a vos, compartiendo saberes mientras trabaja.
Es Romina acompañando, explicando, generando un clima donde todo fluye.
Es esa vocación de servicio —tan propia de la cultura japonesa— puesta al servicio del bienestar, pero también del encuentro.
Porque acá no solo venís a comer. Venís a conectar.

En una escena gastronómica que empieza a buscar identidad, KIYRO se planta desde un lugar distinto. No busca masividad. No busca agradar a todos.
Y ahí, justamente, encuentra su valor.
Salí con la sensación de haber vivido algo más que una comida.
De haber compartido, aprendido y mirado distinto.
Porque en KIYRO, dejarse llevar… también es encontrarse con otros.









