Productores, paisaje y cocina se unieron en “Puelo Wines”, el encuentro que marca un antes y un después para la vitivinicultura de la Comarca Andina.
En la Patagonia hay cosas que tardan. No por falta de impulso, sino porque necesitan tiempo. Como el fuego lento. Como las historias que se construyen desde abajo. Como el vino.
En Lago Puelo, ese tiempo parece haber empezado a dar señales claras. Ya no es promesa ni experimento: es camino. Y el primer encuentro “Puelo Wines” fue, en ese sentido, mucho más que un evento. Fue una declaración.

En Linaje Hotel Boutique & Relax, en pleno Cerro Radal, entre bosque nativo, aire frío y una calma que no se negocia, productores y referentes del vino se reunieron para ponerle cuerpo a una pregunta que venía flotando hace años: ¿puede la Comarca Andina tener identidad vitivinícola propia?
La respuesta, copa en mano, empieza a ser sí.
Pero no desde la imitación. No desde la escala. Sino desde el lugar.
Acá el vino nace con agua de deshielo, con amplitudes térmicas que tensan la uva y con una luz que no perdona. Y eso se siente. En la acidez, en la frescura, en esa especie de nervio que atraviesa las etiquetas.
Antonella Brozzoni, anfitriona del encuentro, presentó sus primeros vinos con una mezcla de orgullo y vértigo: Pianta, Capra y Genaro Ismael. Nombres propios para una historia que recién arranca.
En ese entramado que empieza a tomar forma, la figura de Pedro Adamow asoma como una de las más interesantes. Con una trayectoria que lo ubica entre los nombres respetados de la vitivinicultura patagónica —y una mirada afinada a lo largo de años de trabajo en distintas zonas del sur—, su presencia en Puelo no es casual: es parte de ese puente entre experiencia y territorio nuevo. No solo por lo que pone en la copa, sino por cómo interpreta el lugar. Su Sauvignon Blanc, tenso y preciso, parece dialogar directamente con el clima de la cordillera, mientras que su Pinot Noir —todavía en construcción— deja entrever una búsqueda honesta, sin atajos. Hay en sus vinos una intención clara: no domesticar el territorio, sino dejar que se exprese. Y en esa decisión, más que en cualquier técnica, empieza a delinearse una identidad.

También aparecieron otras voces. Como la de Mónica Puente, que llevó un Gewürztraminer expresivo y un Pinot con paso por roble que suma otra capa al relato.
Entre quienes observaron de cerca este nacimiento estuvo Andrés Rosberg, que no llegó solo a degustar, sino a entender. Y lo que encontró fue algo que hoy vale más que cualquier puntaje: autenticidad.
Porque estos vinos no quieren parecerse a otros. Quieren ser.
Y ahí es donde todo empieza a cerrar.
Porque el vino, en lugares como este, no puede separarse del paisaje. Ni de la cocina. Ni de la gente que lo hace. La experiencia se completó con productos de cercanía, trucha local y huerta viva, en una lógica que no responde a una tendencia, sino a una forma de habitar.
En tiempos donde todo parece replicarse, Lago Puelo elige otro camino: hacer poco, hacerlo propio, y dejar que el territorio hable.
Y cuando eso pasa, no hace falta explicar demasiado.
El vino, simplemente, empieza a decir quién es.






