Por: Juan Manuel Larrieu
La pastelera viedmense Majo Marini está viviendo un viaje que trasciende lo profesional. Desde hace algunas semanas se encuentra en Ranco, un pintoresco pueblo a orillas del Lago Mayor, a una hora de Milán, donde realiza una pasantía de 40 días en cocina y pastelería en el prestigioso Hotel y Restaurant Il Sole di Ranco.

Para ella no se trata solo de perfeccionarse en técnicas, sabores y hospitalidad. Este viaje significa también volver a la tierra de su padre y sus abuelos, aquella Italia querida que su familia dejó atrás en 1948, cuando decidieron emigrar a la Argentina escapando del temor que dejó la Segunda Guerra Mundial.
Su papá, el menor de nueve hermanos, apenas tenía cuatro años cuando se subieron al barco rumbo a un nuevo destino. Pero su abuelo, “el nono”, no viajó únicamente con sus hijos: también trajo semillas que plantó en la isla donde la familia se estableció en Argentina. Allí levantó un verdadero paraíso de frutales y viñedos, produjo sus propios vinos y los guardaba de manera ingeniosa, atando las botellas bajo el río para que la baja temperatura y la oscuridad las conservaran a la perfección.

La memoria familiar está colmada de historias de navidades y fiestas inolvidables, de la hospitalidad que definía a los Marini. Cada visitante era recibido como un huésped de honor: había pastas caseras, quesos, embutidos y panettones que preparaban la abuela y la tía, en una mesa que siempre se agrandaba para dar lugar a todos.

Hoy, Majo reconoce que su pasantía en Italia tiene un doble sabor cumplido. Por un lado, el desafío profesional de trabajar en una alta cocina europea. Por otro, el reencuentro con sus raíces, con esa tradición que la une a su familia a través de dos valores fundamentales: la pasión por la cocina y la hospitalidad.

Pero además, subraya algo esencial: la importancia de capacitarse y luego regresar con esos conocimientos para volcarlos en su lugar de origen. Aprender nuevas técnicas, conocer otros sabores y sumergirse en diferentes culturas gastronómicas es, para ella, una forma de crecer y al mismo tiempo enriquecer la cocina local cuando regrese a Viedma.

Y como si todo esto fuera poco, la vida le regaló otro motivo de orgullo: su participación en un libro del escritor Kevin Endler, que reúne a 110 cocineros argentinos. La propuesta fue un “ping pong” de preguntas para conocer gustos y recorridos de cada uno, acompañado por una receta que los represente. Majo eligió un postre tan creativo como sofisticado: un limón relleno de panacotta con corazón de frutos rojos y una terminación de azúcar flameada al estilo crème brûlée.
“Es tan cierta la frase de que la cocina une”, dice Majo. Hoy la une con Italia, con su historia y con un futuro que promete nuevos caminos, siempre guiados por el amor a la pastelería, el compromiso con sus raíces y el deseo de compartir lo aprendido con su tierra.