Hay cocinas que viajan en valija y otras que echan raíces. La de Akira Takeuchi hizo las dos cosas. Llegó desde Japón con la precisión del oficio y, con el tiempo, fue encontrando en la Patagonia un territorio fértil para reinterpretar su cultura gastronómica. No se trató de copiar técnicas ni de reproducir recetas de manual, sino de leer el paisaje, escuchar a los productores y cocinar con lo que ofrece este rincón del sur.

Ese camino, lejos de agotarse, hoy está más activo que nunca. Akira recorre la cordillera y el mar con una agenda itinerante que lo lleva a Bariloche y Villa La Angostura, donde realiza pop ups que funcionan como pequeños laboratorios de encuentro entre la cocina japonesa y el producto patagónico. En Puerto Madryn, además, despliega su versión de omakase: el menú en manos del chef, una experiencia íntima donde el comensal se entrega a la secuencia de bocados y a la narrativa del producto.
En la Comarca Andina, el vínculo con el territorio se volvió más profundo. En El Bolsón participó del Bio Festival, un espacio que conecta gastronomía, producción y consumo consciente. Allí siguió tejiendo redes con productores locales: la trufa del Mallín como lujo silencioso del bosque, los vinos de Bodega De Bernardi, los quesos de oveja que condensan identidad rural y las verduras agroecológicas de la zona. Ingredientes que, en manos de Akira, dialogan con técnicas japonesas sin perder su carácter patagónico.

Más cerca del día a día, en Lago Puelo, el chef sostiene una dinámica de cocina de cercanía: take away de sushi y cocina japonesa, y cursos donde transmite oficio. No es solo vender un plato, es compartir una forma de entender la cocina: respeto por el producto, cuidado en el corte, tiempos, temperatura, silencio. Enseñar sushi en la Comarca no es replicar Tokio: es formar cocineros y aficionados que aprendan a mirar el ingrediente local con otros ojos.

Aunque su base hoy está en la Patagonia, Akira no corta el lazo con Buenos Aires. Cada tanto vuelve cuando surgen cenas privadas y, de manera esporádica, reactiva el take away de sushi que había empezado durante la pandemia. “Hace poco abrí unas fechas y se llenó un montón. Tuve que rechazar muchos pedidos por falta de espacio y equipamiento”, cuenta. No lo dice como queja, sino como síntoma: hay una comunidad que sigue su cocina, aun cuando él eligió vivir lejos del centro de la escena.
Akira no habla de la Patagonia como un destino exótico. Habla de una forma de vida.
“Cada día disfruto de cada estación. Es hermoso todo el año. Me da mucha tristeza lo que pasa con los incendios en los veranos, pero también siento que hay mucha gente que ama esta gran naturaleza y que cuida la Patagonia”, dice.

La integración al territorio también pasa por los gestos cotidianos: aprender a manejar la salamandra para calentar el hogar y el agua, armar huertas de hierbas y vegetales para usar en sus despachos, cocinar con lo que da la temporada. Pequeñas prácticas que, en conjunto, construyen una cocina con sentido de lugar.
Este año, además, Akira celebró 19 años de vida en Argentina. El próximo cumplirá dos décadas de camino en el sur, una historia que ya no se explica solo desde la gastronomía.
“Seguimos acá disfrutando juntos, mi mujer Victoria y nuestra hija Kurumi. Y los gatos, tranquilos”, dice, como quien enumera lo esencial.

“No es una moda que pasa. Hay muchos que siguen gustando del sushi japonés”, agrega. Lo ve en la Patagonia y lo confirma cada vez que vuelve a Buenos Aires: el público está, busca técnica, producto y una experiencia honesta.
“¿Volver a vivir en Japón? No, no gracias”, se ríe. “A visitar a mi familia y pasear un poco, puede ser. Pero mi vida hoy está acá”.
Entre cuchillos, arroz, producto local y kilómetros de ruta, la cocina japonesa de Akira dejó de ser un viaje lejano: encontró hogar en la Patagonia.






